| La
Virgen Conquistadora. 21 de Abril 1993
Por
D. Miguel Salcedo Hierro
Cronista de la Ciudad
PASADO mañana se celebrará
el Pregón de la Romería de la Virgen de Linares,
como preludio del gran acontecimiento cordobés que
supone el magno desfile popular hacia su histórico
Santuario.
El pregonero que ha asumido la gran responsabilidad de cantar
las glorias de María en su tradicional advocación
de Linares es José Capdevila Orozco, cuya admirable
formación cultural, su acendrado cordobesismo y la
calidad habitual de su oratoria, garantizan el triunfo del
pregón, por anticipado. La presentación estará
a cargo del catedrático y académico, doctor
Manuel Peláez del Rosal, a quien la Historia ha obligado
este año a la doble misión presentadora de Linares
y Santo Domingo, por haber sido en el pasado año de
1992 pregonero conjunto de los sagrados titulares de ambas
hermandades.
Debo publicar que la Santísima Virgen de Linares siempre
ha sido para mi una inagotable fuente lírica. El poeta
Ricardo Molina, tan enlazado espiritualmente con la imagen
y el lugar donde se venera, se la imaginaba "en un vuelo
azul de laurel". Si a los cordobeses se nos propusiera
la coordinación de tres palabras (instantáneamente),
serian muchísimos los que dijéramos "Linares-Primavera-Flor".
Estas tres palabras las tiene asumidas la Hermandad históricamente.
Por eso sus piadosos actos triduanos culminan esplendorosamente
en una ofrenda floral de inusitada magnitud.
Sin embargo, es en la propia romería donde la Virgen
de Linares recibe el primer homenaje de flor de cada primavera.
Hace unos días me invadió el alma el deseo de
visitar el escenario romero: arroyo, santuario, cerro... Accedí
a mi impulso y ante el empuje ancestral de la Naturaleza,
vi la humildísima alfombra de las florerillas silvestres.
Entonces entendía que aquella era la devolución
anticipada de la ofrenda: el impagable regalo de la Virgen
a sus romeros... La verdad es que tomé nota de sus
características principales: tallos, hojas, colores
y aromas, y que posteriormente me ayudé de una copiosa
documentación botánica, para permitirme asegurar
hoy que allí estaban la corregüela mayor, de metro
y medio de altura y hojas acorazonadas; el cabello de Venus
y la barba de capuchino, que viven parásitas sobre
los verdes pinos; la borraja, de floración azul y blanca;
la lengua de buey, con sus brotes azulados o purpúreos,
las pequeñas flores azules de la nomeolvides...
Aun haciendo extensa la lista, no deseo dejarme atrás,
porque también poseen propios merecimientos, las floraciones
blanco-verdosas de la mandrágora; los toques fuertemente
rojos de la algarabía, el blanco y rosa de los tomillos;
los colores liliáceos o blanquecinos de los romeros;
las flores vivamente azules de los espliegos; las corolas
gráciles y moradas de los cantuesos; las blancas de
los marrubios; las rojas de los aguavientos; las flores azules
de los hisopos y las de los oréganos, que muestran
sus rosados y sus alburas...
¿No es todo ello una maravillante ofrenda floral? ¿No
es un delicado homenaje de Nuestra Señora, a la que
el pueblo le suele decir la Virgen Conquistadora, siguiendo
la vieja tradición afirmativa de que Fernando III de
Castilla o San Femando, la traía sobre el arzón
delantero de la silla de su montura?
Cierto es que, hasta ahora, no se ha podido justificar exactamente
la certeza del hecho; pero lo que sí es verdad es que
la Virgen fue traída a Córdoba y no se quedó
en la propia ciudad, sino en el lugar de su Santuario.
La Virgen Conquistadora ha sido acercada al recinto urbano
en muy pocas ocasiones: la última en 1985, mientras
se restauraba su templo serrano. Año en el que presentó
la novedad de que por primera y única vez en su historia
fuera presidenta de honor de su propia romería. Ella
fue de romera hasta su santuario.
La venida a Córdoba de la Virgen de Linares es -y ha
sido en todas las ocasiones-motivo de ceremonias emocionantes.
Varias veces, por lo que hace al siglo pasado y el presente,
ha sido traída por diversas razones: el peligro que
supuso la entrada de los franceses en 1808. En esta ocasión
estuvo albergada en la iglesia de San Pedro. Al pasar el general
Dupont, con sus tropas, ante el templo, mandó que éste
fuera volado a cañonazos. Creyó que era un cuartel
o la fortaleza donde se albergaba don Pedro Agustín
de Echavarri, comandante general de la vanguardia del Ejército
español de observación de Sierra Morena. Pero
es histórico el caso de que cuantas veces se intentó
el disparo, se apagó la mecha del cañón
amenazante. Como estas circunstancias dieron tiempo a que
el general francés fuera informado de que no se trataba
de una instalación militar, sino de una iglesia, la
piadosa devoción del pueblo de Córdoba atribuyó
el hecho a la intercesión milagrosa de la Santísima
Virgen de Linares, que se salvó, con el templo, de
su inminente destrucción. Otras ocasiones y motivos:
el hambre que afligía al vecindario en 1812; la epidemia
de cólera, que amenazaba sus vidas en 1865 y 1885;
y en tres ocasiones más, por hechos memorables; el
quincuagésimo aniversario de la definición de
Dogma de la Inmaculada en 1904, la conmemoración de
la conquista de Córdoba y el final de la guerra civil
en 1939, La penúltima venida a la ciudad fue el 28
de junio de 1963 —también en celebración
de la Conquista y quedó entronizada por cuarenta y
ocho horas en el salón de los mosaicos de Alcázar
de los Reyes Cristianos.
El extinto cronista de Córdoba don José María
Rey Díaz —mi admirado maestro— dejó
dicho, de forma muy precisa: "que tan pronto como el
señor rey don Fernando recristianizase a Córdoba,
brotó, como fruto de su piedad, la devoción
a la Madre de Dios, en el enigmático titulo de Linares".
Desde entonces, nuestros compatricios sienten, aun sin saber
por qué, la atadura firme que les une con la tradición
pía; con la efigie de la celestial Señora; y
con el Santuario donde recibe culto desde hace mas de sieto
siglos. Ninguna devoción mariana pudo ganar a ésta
en antigüedad, ni despertó tanto fervor como el
que, de varios modos, han manifestado desde entonces acá,
los cordobeses creyentes, en su decidida predilección
por la Virgen de Linares.
Patronato del Cabildo Eclesiástico sobre el Santuario,
ayuda del Concejo Municipal en los cultos y cuidado del camino
que conduce al lugar del peregrinaje; misas solemnes en los
domingos pascuales de la primavera cordobesa; paseos triunfales
de la Conquistadora en derredor de la atalaya testigo de la
toma de la ciudad en 1236; festejos y regocijos populares;
comidas de fraternidad, secuelas de la estancia el día
entero, fuera del domicilio y en pleno campo, venidas de la
imagen, traídas entre olivos, bañada de sol
y a hombros de cordobeses fervorosos, y alegrías de
campanas que voltean, de cohetes que truenan y de entusiasmos
que resuenan en vivas coreados.
La expresión del piadoso culto a esta Virgen nuestra,
aureolada de historia, tuvo facetas tan variadas como la de
suspender la marcha procesional para rezar la Salve en alta
voz emocionada, en pleno campo, o la de que no faltase en
ninguna casa cordobesa un vaso de cristal con la imagen grabada
y traslúcida de la Purísima de Linares, estrenado
en el arroyo con el agua que, sin escrúpulos, bebían
los romeros; vaso que, luego, a la cabecera de los enfermos,
contenía medicinas salutíferas...".
A mí, personalmente, ¡cuánto me agradaría
poseer alguno de aquellos vasos cristalinos! A lo mejor no
presentaba muchas dificultades reproducir cada año
uno de ellos, con la imagen de la Inmaculada de Linares y
el año de su estreno. Quién sabe si podrían
costearse con su propia venta. Y qué bella y fervorosa
colección...
Hemos de escuchar el pregón de Capdevila Orozco; porque
es necesario que, por influjo de la primavera cordobesa, se
realice en nuestro corazón la renovación espiritual
de nuestra fe linareña. Para decir, con un vaso virginal
lleno de agua del arroyo, que la Virgen de Linares es "agua
de fuente escondida, que le dio la vida a un rosal, y que
es luz de nuestra vida, pues fue en gracia concebida, sin
pecado original".
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