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Los
vasos de la virgen de Linares. 30 de diciembre 1995
por
D. Miguel Salcedo Hierro
Cronista de la ciudad
NADA más grato que traer
a la última crónica de 1995 un tema cordobés
tan vivo, devocional y entrañable como éste,
referido a un interesante aspecto de la Virgen de Linares,
así como de su Santuario y Hermandad. Se trata de los
antiguos vasos de cristal con la imagen de la piadosísima
Inmaculada, de tan arraigada tradición fernandina.
La llamada Capitana y Conquistadora.
En más de una ocasión me he permitido hacer
referencia a estos frágiles recipientes. Mis primeras
noticias de ellos me llegaron por propias experiencias infantiles,
cuando me llevaron mis padres y mis tíos, a una romería
que, por aquellas fechas -años 1930 a 1935- se celebraban
coincidentes con las novenas anuales a la Santísima
Virgen y tenían adecuado cierre en los domingos de
mayo.
Pero la existencia de los mencionados vasos era mucho más
antigua: el escritor Enrique Rede!, en su difundido libro
"La Virgen de Linares", publicado en 1910 nos da
de ellos curiosas noticias, informándonos de que eran
objetos usuales en las excursiones campestres de los cordobeses
y cordobesas novecentistas, y que se podían adquirir
directamente en la tienda benéfica que todos los años
instalaba la Hermandad y, si era el caso, mediante la opción
de la suerte, en la rifa ligada a los actos del Santuario,
fuente casi principal de los ingresos cofradieros linarenses.
Decía Redel, puntualmente: "Por ser efectos de
los más codiciados quieren apuntar aquí que
los vasos de cristal, blancos o azules, con la imagen de la
Virgen y el nombre del Santuario, proceden de una cristalería
badalonesa de A. Farrés y Compañía. "Añado,
seguidamente, la importancia de su utilización. Y es
que constituían una pieza imprescindible de la jornada,
pues los romeros solían coger en "ellos, para
beber, las aguas frescas y purísimas del arroyo que
festonea el Santuario.
Pero los vasos de la Virgen de Linares tenían una misión
posterior mucho más trascendental. Al regreso de las
romerías, nuestros queridos antepasados los solían
incorporar a sus ajuares domésticos. No se usaban en
salud; sin embargo, eran imprescindibles en las enfermedades
tales recipientes, que contenían las medicinas recetadas
por los médicos. Porque debo recordar que en tiempos
pretéritos eran muy escasos los productos traídos
de los laboratorios farmacéuticos: generalmente, los
doctores prescribían las fórmulas y los facultativos
o boticarios tenían la obligación de elaborar
las medicinas personalmente, ajustándose estrictamente
a ellas.
El familiar o el sirviente
del enfermo llevaba al establecimiento la receta médica
y el vaso que había de contener el producto curativo.
Y, obviamente, los vasos destinados al efecto eran los adquiridos
en el Santuario de la Virgen de Linares que como sello religioso,
lucían la imagen de Nuestra Señora. A la hora
indicada, el mandadero volvía a la botica a recoger
la medicina en el propio vaso: que se acostumbraba cerrar
con un albo papel parafinado, .ajustado a la boca con una
hermética gomilla.
El vaso era colocado habitualmente sobre la mesilla de noche
del doliente: ello le daba prontitud a su recurso. Y también
permitía que el postrado o sus acompañantes,
dirigieran una oración a la Virgen, impetrando su protección
y el destierro de la enfermedad. Pero la costumbre de fabricar
los vasos fue decayendo, y con el correr de los años
acabaron por desaparecer. A mi, como a tantos cordobeses,
me hubiera gustado conservar alguno, pero ya, de mayor, ni
siquiera pude llegar a verlos. Sólo quedaban de ellos
referencias históricas o literarias.
De entre estas,
había una estrechamente ligada al último obispo
cordobés del siglo XIX, el Excmo. y Revdmo. señor
.don José Proceso Pozuelo y Herrero uno de los pocos
prelados de nuestra diócesis nacidos en la provincia
de Córdoba, pues vio la luz por primera vez en Pozoblanco,
el año 1828. En 1877 fue designado administrador apostólico
de Ceuta; de allí pasó en 1879 a ser obispo
de Gran Canaria; en 1890 fue trasladado a la diócesis
de Segovia, y en 1898 lo nombraron obispo de Córdoba,
rigiendo esta sede durante quince años: de 1898 hasta
1913, en que falleció en nuestra ciudad.
El mencionado obispo Pozuelo y Herrero tenia una acendrada
devoción a la Virgen de ! Linares, y apenas se hizo
cargo de su sede episcopal, una de las primeras visitas que
realizó fue al Santuario, para postrarse a los pies
de la imagen. A lo largo de su pontificado se desplazó
a Linares con gran frecuencia. La fina percepción de
Enrique Redel, anotó el hecho en su libro "...
y que en diciembre de 1898 regaló la Hermandad dos
de ellos (vasos) a obispo don José Proceso Pozuelo,
como recuerdo de su reciente visita al Santuario".
Hasta aquí llegaba la historia de los vasos. Pero en
los primeros días de este otoño, recibí
una llamada telefónica por parte de los familiares
del que fuera largos años impecable sacristán
de la Virgen de Linares e inspirado poeta, Antonio Ruiz Rubio,
fallecido hace pocos años, para decirme que tenían
en su poder uno de los famosos vasos y que, les agradaría
enseñármelo, dado el deseo que contemplarlo
que yo había manifestado en una crónica titulada
"La Virgen Conquistadora", publicada en este mismo
diario el miércoles, 21 de abril de 1993.
No tardamos en reunimos: MANUEL Ruiz Rubio, hermano del sacristán
mencionado, quien había sido, a la muerte de aquél,
heredero de la prestigiosa sacristía y Antonio Ruiz
Tamajón, hijo del extinto sacristán y.....
Acordamos realizar una fotografía del vaso, y publicarla
cuando se hiciera esta crónica. Ahí está,
ilustrándola, y dándonos fe de su bella presencia.
La reproducción es obra de A. Aguilera, el genial artista
cordobés especializado en temas religiosos.
Y no acaba aquí el relato. En el estuche del vaso,
hecho expresamente para él, figura el sello del taller
donde se hizo: Taller de estuches de Luis Mesa. Córdoba".
Y en el mismo estuche, por su parte posterior, una inscripción,
hecha a pluma, expone lo siguiente: "Este vaso perteneció
al obispo de Córdoba, José Pozuelo; se lo regaló
la Hermandad de Santa María de Linares en una de sus
visitas al Santuario en diciembre de 1898". Hay debajo
una rúbrica y después otro texto: "Adquirido
por don Rafael Ruiz Tamajón en una tienda de antigüedades
de Madrid en abril de 1995".
El transcurrir del tiempo puede dar lugar a milagros sencillos.
No se puede negar que hay un hilo sutil que se nos escapa,
entre este vaso virgíneo y su adquisición en
un lugar distante, por parte de un hijo del llorado sacristán
Antonio Ruiz Rubio, alma y corazón, en su día,
de la Virgen de Linares.
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