El entorno del santuario
A unos ocho kilómetros de Córdoba siguiendo
la carretera de Almadén, por una desviación
de la llamada Carrera del Caballo y en un paraje de extraordinaria
belleza, se encuentra situado sobre una pequeña colina
el santuario de Nuestra Señora de Linares, rodeando
a la antigua atalaya agarena en la que mandara colocar el
rey Fernando III la imagen de la Virgen Capitana y Conquistadora
de la ciudad.
De telón de fondo tiene
los ya altos cerros de las primeras estribaciones de Sierra
Morena, y rodeando a la ermita, otros cerros más
bajos, de los que destaca el llamado Cerro de San Fernando
o de Jesús, sobre el que la tradición cuenta
que en su cúspide ordenó poner su bandera
el Santo Rey, y en el que cada año, con motivo de
las fiestas de la romería, se continúa colocando
la enseña nacional.
A los pies de la colina corre
un sinuoso arroyo, rumoroso en alguno de sus tramos por
los roquedales que tiene en su curso, y tranquilo en las
balsas que se forman en su recorrido. A ambas márgenes
se alza una frondosa alameda, en la que anidan multitud
de ruiseñores que lanzan sus sonoros trinos a los
cuatro vientos, teniendo al pie de los álamos y a
lo largo de todo el curso del arroyo centenares de rosales
y flores silvestres, enredaderas y espinos. El resto del
paisaje lo forman olivos, pinos y monte bajo en el que crecen
jaras y lentiscos, que hacen del entorno del santuario un
paraje verdaderamente delicioso y encantador.
A poca distancia de la ermita,
con unas panorámicas bellísimas, sobre todo
el entorno de la misma, se halla el Puerto de la Salve,
lugar desde el cual, al avistar el santuario, los romeros
rezan su primera Salve a Nuestra Señora, si bien
la tradición cuenta que el nombre lo recibe el lugar
"porque allí se detuvieron las tropas de Fernando
III, cuando se disponían a venir a la ciudad y que
alentadas por el monarca entonaron una Salve a la Virgen
de Linares antes de perder de vista la atalaya, tradición
que se ha seguido a través de los siglos". Lindando
con el santuario está el Camino de la Vegueta, que
parte del puente que cruza sobre el arroyo, y las fincas
conocidas por San Fernando y Lofuentes o "lo de Fuentes".
Descripición del Santuario
El Santuario es un complejo
arquitectónico, basado en un núcleo preexistente,
una atalaya o torre vigía, a la que se le fueron
adosando hasta constituir una unidad constructiva, con posterioridad,
una serie de construcciones: el templo, la hospedería
y la vivienda del santero. Todos estos elementos están
ensamblados, conformando un único edificio.
La torre, perteneciente a la arquitectura
militar islámica del siglo IX, fue, según
la tradición, el lugar que eligió el rey Fernando
III para que sirviese de primer templo a la Virgen. Es de
planta cuadrada, fábrica de mampostería con
sillares en las esquinas y dos plantas. La planta baja,
incluida dentro del ámbito de la iglesia, constituye
el antiguo presbiterio y está cubierta con bóveda
de cañón. El templo es de cruz latina con
un añadido posterior para formar un ábside.
Se compone de atrio con coro alto, una nave, capillas laterales,
presbiterio y ábside.
El atrio, de planta rectangular, presenta
una puerta exterior con arco de medio punto, recercada por
alfiz y cancel de forja. Se cubre con techo plano y en los
muros se conservan algunos exvotos. La portada Interior
de acceso a la nave es de piedra caliza, con un arco apuntado
cuya clave lleva tallado el emblema de Linares, se apoya
en unas jambas de piedra que terminan en una imposta de
la que arrancan tanto el arco como el alfiz. Todos estos
elementos arquitectónicos tienen una moldura de perfilería
gótica.
Junto a la portada, en planta alta,
se desarrolla el coro, de planta rectangular, abierta a
la nave de la iglesia con un arco deprimido rectilíneo
y una barandilla de balaustres de madera.
La nave es de planta rectangular alargada
y no muy regular, con dos brazos abiertos a la nave central
por arcos apuntados y capillas laterales decoradas con retablos.
Lo más sobresaliente de este espacio es la colección
de pintura con obras de Antonio del Castillo o Juan de Alfaros
y otras de Zambrano, Sarabia y anónimos cordobeses
del siglo XVII.

A la derecha, existe una capilla de
planta rectangular cubierta con bóveda de arista
y tres altares, uno de ellos con la imagen de San Fernando,
obra del artista cordobés Lorenzo Cano, de poco relieve
artístico; en otro altar está la imagen de
San José, atribuida al padre trapense Webber, y el
tercero tiene una imagen de San Rafael, de artista desconocido,
que algunos autores aseguran que fue la que estuvo en la
primera iglesia del Juramento hasta que fue sustituida por
la actual, del escultor cordobés Alonso Gómez
de Sandoval.
A la izquierda, otra capilla de planta
rectangular cubierta con bóveda de cañón
con lunetos y con dos altares, uno de ellos con la imagen
de Jesús Nazareno de bastante valor artístico,
cuya procedencia se cree que sea del desaparecido convento
de las Dueñas; durante muchos años tuvo una
hermandad que en los días de Semana Santa rezaba,
procesionando a la imagen, un vía crucis hasta el
monte cercano, que desde entonces se conoce por Cerro de
Jesús. El retablo tiene una inscripción en
la que se dice que fue dorado y pintado a expensas de don
Pedro de Heredia en el año 1801. En el siguiente
testero se venera una imagen de vestir de Nuestra Señora
de los Dolores, de autor desconocido, si bien la expresión
de su rostro refleja con bastante acierto el significado
de su advocación.
Finaliza la nave en un arco apuntado
cuya rosca es de piedra arenisca y conecta con un tramo
más estrecho, que corresponde al torreón.
Era el antiguo presbiterio. Se cubre con bóveda de
cañón. El ábside conecta con el tramo
anterior, es de forma semicircular cubierta con una cúpula
sencilla y en su paramento se abren cinco ventanas apuntadas.
Este espacio está presidido por un templete neoclásico
que cobija la talla de la Virgen de Linares. Es de planta
circular con columnas corintias que sostienen una cúpula.
Desde el lado derecho del templo se
accede a la sacristía, donde se encuentra el exvoto
más antiguo, fechado el 1717. También anexa
al muro derecho se ubica la casa del santero, con dos plantas.
En la parte izquierda se encuentra parte de la antigua hospedería.
La fachada principal del santuario
reproduce los esquemas de casas de campo de los siglos XVIII
y XIX, con un marcado carácter popular. Presenta,
en primer lugar, el muro de cerramiento de la antigua hospedería
en la que se abran cuatro arcos de medio punto. La del templo
es de dos plantas. En planta baja, hay dos puertas adinteladas
con marco de listel y en el centro un vano de arco de medio
punto y un rehundido de alfiz, la entrada Interior del templo.
En planta alta existen tres balcones sencillos y cubierta
con tejado de un agua. Tras él se eleva un parapeto
curvilíneo del que sale la espadaña, de dos
cuerpos, el bajo con dos arcos de medio punto entre pilastras
y el segundo con un arco de campana que termina en una cornisa
con copete central. Fue construida en 1862.
En resumen, el aspecto de esta construcción
es el de un caserío rural andaluz más que
un edificio religioso, pero, por su complejidad, no presenta
la apariencia de ermita rural.
Este Santuario se convierte
en el centro de una serie de actividades y ritos religiosos
dedicados a la Virgen de Linares (romería, ofrenda
de flores...), de amplio eco en la sociedad cordobesa. De
aquí la importancia de sus valores etnológicos.
Restauraciones de la
ermita

Obras realizadas en el Santuario en el año 2.000
Solamente vamos a referirnos
en este capítulo a las restauraciones más
importantes llevadas a cabo en la ermita, algunas de las
cuales ya se han reseñado anteriormente. Pero no
podemos obviar la primera ampliación que se hizo
en la misma en época del obispo Lope de Fitero, ni
las que se hicieron, posteriormente, en 1519, "por
estar arruinado el edificio".
Con obras de mayor o menor cuantía
que hubieron de efectuarse, se llegó hasta el año
1862, fecha en que se construyó el campanario, al
que ya nos hemos referido, de dos cuerpos. En la parte superior
se colocó una pequeña campana que estuvo en
principio colgada entre las almenas de la antigua atalaya
y se le puso el nombre de Santa María de Linares.
Esta campana fue sustituida por otra que se hizo en 1691,
fecha que consta con su nombre en el bronce de la misma.
De las otras dos campanas, una procede de una ermita de
Aguilar de la Frontera; se hizo en el año 1702 y
tiene los nombre de Jesús, María y José.
Y por último, la tercera campana, que es la mayor,
pesa 244 libras y fue bautizada en la iglesia del convento
de Santa Victoria con los nombres de Acisclo, Victoria de
San Rafael, quedando colocada en la espadaña el 28
de junio de 1863.
Pero la obra más interesante
de las llevadas a cabo en el santuario de Linares tal vez
sea la de la construcción de un camarín para
la Virgen. De la descripción de esta obra dice Redel
que "el 28 de marzo de 1867 acordó definitivamente
la Hermandad que se procediera a la obra derribando el retablo
y altar mayor, así como cuanto fuere necesario, aunque
respetando siempre la forma del castillo. Al efecto, el
día 31 del mismo mes fue una comisión de socios
al santuario, trasladó la santa imagen de la Virgen
al altar de San Fernando y quitando el antiguo retablo,
quedó patente, dice un testigo presencial, el primitivo
nicho u hornacina toscamente excavada en el muro y lugar
céntrico de la torre, formando un
hueco exactamente igual al bulto de la Santísima
Imagen, con un hierro a su cabeza : que manifiesta a la
vez el lugar donde al ser traída fue colocada y permaneció
los primeros tiempos, y la lámpara que, pendiente
del hierro, perpetuamente la alumbraba".
El camarín fue construido
a pesar de las dificultades sufridas, como carencia de medios
económicos y, especialmente, un voraz incendio ocurrido
el 27 de abril de 1882, que inutilizó varias dependencias
del santuario, que fue necesario reedificar. El día
19 de febrero de 1905, a pesar de que la imagen de Nuestra
Señora se hallaba en Córdoba, se procedió
a la bendición del camarín, que presentaba
cinco artísticos ventanales con vidrieras de colores
que llenan de luz el altar, el presbiterio y parte de la
iglesia, desapareciendo la penumbra que hasta entonces reinaba
en la misma.